martes, 8 de enero de 2013

Bendiciones para nosotros y para el mundo


Recientemente hablé acerca de un experimento en el cual cinco monos fueron colocados en una jaula con una banana colgando desde el techo en el medio de la misma y una escalera para subir a tomarla. Al principio, los monos intentaron uno a uno subir la escalera para tomar la banana. Pero cada vez que uno de ellos comenzaba a subir, el investigador rociaba con agua fría al mono que ascendía así como a los otros cuatro.
Pronto, los monos aprendieron que si uno de ellos subía la escalera todos sufrían y al final, ninguno de ellos intentó subir de nuevo.
En este punto, el investigador reemplazó a uno de los monos con uno “nuevo” que no sabía nada sobre el agua. Como era de esperarse, tan pronto observó la banana colgando desde el techo, corrió para subir la escalera. Antes que el investigador pudiera rociarlo, los otros cuatro monos se apresuraron a lanzar a ese mono al piso.
Lo mismo ocurrió cuando reemplazaron a otro mono del grupo original con uno nuevo hasta que finalmente todos los monos en la jaula eran “nuevos”. A pesar que ninguno había experimentado el agua fría, cuando un mono nuevo entraba a la jaula e intentaba subir la escalera, lo otros lo lanzaban al piso sin saber realmente el por qué. Ellos sólo sabían que no subían la escalera porque así debía ser.
¿Por qué comparto este experimento? Bueno, básicamente es una poderosa ilustración del pensamiento en el que todos nosotros podemos caer en nuestro trabajo espiritual. Por ejemplo, cuando llegamos por primera vez a un camino espiritual, puede que nos digamos a nosotros mismos: “Wow ¡esto es increíble!”. Emocionados e inspirados, aprendemos, hacemos preguntas, y vamos y le contamos a nuestros amigos y a nuestra familia acerca de nuestro nuevo entendimiento. Al principio tenemos esta energía estimulante.
Sin embargo, después que permanecemos un tiempo perdemos un poco de este deseo. No buscamos más las bananas. Porque no vemos la película completa, aceptamos ciegamente lo que está justo frente a nosotros y no buscamos más. Simplemente aceptamos de alguna manera que no necesitamos ir por las bananas. Hacemos las cosas porque “así debe ser” o simplemente “seguimos la corriente”.
Para nuestra dicha o desdicha, tenemos que entender que si realmente queremos algo en este mundo necesitamos primero tener el deseo por ello. Si queremos estar bien, si queremos dejar una adicción, si queremos cambiar algo en nuestras vidas, grande o pequeño, debemos tener un deseo por eso. Todo comienza con el deseo.
Sabes que dentro de cada uno de nosotros existen dos fuerzas. Está la pequeña Luz dentro de nosotros que nos da un empujón y dice: “No hagas eso”, “ayuda a tu amigo” o “sal de ti mismo y haz esa llamada telefónica”. Y luego tenemos otra voz mucho más fuerte, el Deseo de recibir para sí mismo, la cual dice: “es sólo una vez”, “no te molestará”, “toma un poco más para ti”, “engaña a tu pareja, ni siquiera lo sabrá”, o “¿quién te verá allí?”. La pregunta es: ¿qué lado estás escuchando?
Está época del año es la oportunidad perfecta para preguntarnos nuevamente: ¿De qué se trata todo? ¿Se trata de unos cuantos momentos de placer o de ser victoriosos frente a ese placer? ¿Cuál es nuestro trabajo en este mundo? ¿Estamos haciendo las cosas que traerán Luz para nosotros y para otros? ¿Vamos en busca de las bananas o nos hemos resignado a esa voz alta en nuestra cabeza que dice: “de todos modos, no importa”?
Cada uno de nosotros tiene una pequeña Luz que se extinguirá en 20, 30, 50 años o más. Que en esta época de festividades todos desarrollemos un verdadero deseo que resulte en bendiciones para cada uno de nosotros y para el mundo.
Karen Berg
Publicar un comentario