martes, 2 de julio de 2013

LA HUMILDAD SIN ARROGANCIA

La humildad es requisito indispensable del verdadero aprendiz, del verdadero discípulo, pues mucha de la disciplina de éste deberá estar basada en la conciencia de lo limitado de su conocimiento para precisamente, en razón de esta carencia, buscar activamente llenarse de él, ya sea a través de los maestros, del impulso a la meditación, del diálogo con sus semejantes o de la investigación personal.
La mente humilde es receptiva por naturaleza y por lo mismo es la que mejor está dispuesta a escuchar y a aprender.
En el caso opuesto está la mente arrogante que por saber mucho de algún tema se cree capaz de discernir asuntos sobre los cuales no conoce ni los principios más básicos, creyendo estar preparada para emitir juicios válidos sobre cosas de las que no tiene ni la más remota idea. En esta carencia de reconocimiento de los límites de su conocimiento, el arrogante construye su ilusión de ser más importante que los demás. Habitualmente el arrogante incurre en la crítica destructiva que sólo puede conducir al territorio de las hostilidades, pero que no ayuda a nadie.
El verdadero humilde considera siempre que las experiencias de la vida son posibilidades abiertas para aprender cada vez más. En su comprensión considera que el camino de la sabiduría es casi infinito, por lo cual, no corresponde en ninguna etapa de nuestro desenvolvimiento presumir de sabios o eruditos.
La humildad como conciencia de nuestra falibilidad( erróneo, inexacto, equivocado, engañoso) esencial, nos hace más fácil la tarea de reconocer nuestros errores, fundamento de nuestros ulteriores perfeccionamientos.
Mientras el soberbio pierde su tiempo criticando o intentando impresionar a los demás, el humilde sigue rectilíneo su camino de progresión espiritual, sin temer recurrir a la ayuda o a la orientación de quienes están más avanzados en el sendero.
Ser humilde es permitir que cada experiencia te enseñe algo y desde ahí, desaparecen miedos y sufrimientos.
Déjame decirte que la actitud correcta es:
de regocijarte siempre del adelanto de tu hermano o hermana, porque cada individuo recibe eso que necesita más en ese tiempo determinado, y si uno recibe una cosa, otro puede recibir otra.
Por lo tanto, en ningún tiempo debes sentir que tienes que tener la misma cosa que otra persona reciba (me refiero en cuanto a revelación). Como no hay dos personas iguales o en el mismo grado de adelanto, puedes comprender que cada uno no puede recibir la misma cosa al mismo tiempo que otro.
La actitud más maravillosa del estudiante es la de bendecir continuamente y alegrarse de cualquier revelación que venga a su compañero, manteniendo así la puerta abierta constantemente a esa Gloriosa Presencia Interna.
Lo desafortunado en la humanidad, que ha causado tanto egoísmo y condenación sin precedentes entre una y otra persona, es la insistencia en la posesión personal de las maravillosas bendiciones de Dios. No hay sino un Amor actuando, una Inteligencia, Poder y Sustancia en cada individuo, y eso es Dios.
LA ALERTA QUE SE LE PUEDE DAR A CADA ESTUDIANTE ES CONTRA EL DESEO DE RECLAMAR Y APROPIARSE PODER PARA SÍ ÚNICAMENTE.
Extracto sacado del Libro de oro de Saint Germain, canalizado por Conie Méndez.
Pdta..: El Amor Incondicional es lo que el humano ha venido a experimentar en todas sus facetas, evolucionamos hacia el amor incondicional, a través de un trabajo personal e individualizado, el amor Incondicional es primero a uno mismo, así que no permitas que nadie te maltrate de diversas maneras, física y psicológicamente, ya que tu eres la que en realidad si lo permites, no te amas incondicionalmente, esos valores del ser son los que se tienen que potenciar para llegar a la Unidad del Ser en la practica, en el plano terrenal, amor verdadero, justicia, dignidad, respeto, comprensión, bondad, fortaleza, firmeza, fe, confianza, tolerancia, integridad, honestidad, etc., hacia ti primero, y así podrás ser igual hacia los demás.
Pdta..: Nadie en realidad tiene tu poder personal, (siempre que no se lo des), nadie tiene ni si quiera el poder ni para ofenderte ni para enfadarte.
Por Juanca López. 


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