miércoles, 11 de abril de 2012

La alegría.



Muchos se imaginan la espiritualidad y el trabajo espiritual como algo fácil destinado a personas apocadas y que tienen siempre el rostro triste y afligido. Ignorantes de la vida espiritual creen que el corazón de las personas espirituales son cuevas oscuras en donde sólo hay soledad y oscuridad. Pero nada hay más lejos de la realidad. Los corazones de quienes viven espiritualmente y están enamorados de Dios son los parajes más deliciosos y alegres, tanto que nadie que no sea espiritual puede imaginar. Precisamente son los hombres y mujeres que no son espirituales los que son lúgubres y se parecen a las lechuzas, que sólo cantan en la noche.

Muchas personas, en su deseo de Dios y de “progreso espiritual”, hacen cosas realmente extravagantes y se castigan con privaciones desproporcionadas. Viven en un estado de negación al ver en el placer y en la belleza, en la libertad y en el respeto, a demonios malignos. No debemos separar el cielo de la Tierra pensando que todo aquí abajo es gris o malo, y que allí arriba reside la verdadera felicidad y lo bueno. El mundo “material” y el mundo “espiritual” son en realidad un solo mundo, creado por Dios. Los “cielos” y los “infiernos” únicamente están en nuestro interior.

Es totalmente legítimo gozar, y gozar de verdad, sin reservas ni miedos, de todas las cosas buenas que nos ofrece la vida. Es legítimo cogerse fuertemente a Dios con una mano y con la otra sujetar las bellas flores y los bellos frutos que Él mismo nos ofrece. Negarnos a satisfacer las apetencias del ego es una entrega, pero entregarnos a la negación es, con mucho, la peor de las entregas. Nos fuerza a creer que estamos haciendo algo valioso cuando, en realidad, sólo estamos fijos dentro de nosotros mismos.

La consciencia de unión constante con Dios y el ardor constante de su amor no son un obstáculo que impida a las personas espirituales aprovechar la ocasión más insignificante para gastar una broma, eso sí, una broma distinguida, alegre y edificante. En ninguna de estas personas está reñida la espiritualidad sincera con la simpatía y la alegría que siempre le acompañan. No negamos la necesidad de colocar la austeridad en el fondo de la misma espiritualidad, como un fundamento que prevenga y evite posibles extravíos, pero no es lo mismo la seriedad que la pesadez, la melancolía y la infelicidad de una personalidad amarga.

Si hablamos con alegría y con entusiasmo del amor de Dios, cuya presencia sentimos por todas partes, nos exponemos a que se nos tache de locos. Dios tiene flechas de amor con las que nos clava sus palabras de misericordia y de conocimiento en nuestro corazón, de manera que podríamos dudar de todo menos de lo que amamos y de que Dios vive en lo más intimo de nuestro ser. Dios vive en lo más profundo de nuestro interior, más que nosotros mismos y al abrir nuestra consciencia a Él nos transmite su olor por toda nuestra vida. Oímos su voz y antes dudaríamos de nuestra existencia que de que le oímos y de que nos inunda de un sentimiento extraño y de una dulzura desconocida que, si la dejáramos crecer un poco, haría de nuestra vida algo muy distinto de lo que es. Porque el alma, cuando oye a Dios, escucha una música que resuena en su interior, en un silencio que no percibe el oído sino el alma. Dios ofrece, a las personas espirituales estas vivencias, y una vez que las experimentamos nos es imposible sentir nada más grato ni placer semejante.

Recibiendo de Dios el amor más puro, las personas que viven espiritualmente fluyen con la vida de una forma dichosa y alegre, y se hacen capaces de emprender trabajos que antes les parecían imposibles, tanto por la fuerza como por la inteligencia que requieren. ¡Qué distinto es el lenguaje enfermo en el que muchos individuos y muchas sectas envuelven la vida espiritual! Felices los que viven espiritualmente y aman a Dios como a una madre que los abraza, los alimenta y los lleva en el pecho; éstos no son muñecos piadosos sino auténticas personas espirituales. Estos seres evolucionados se distinguen por su espíritu de inteligencia, que es un don de Dios y lo mejor que puede haber en nosotros. Dios reúne en ellos el tesoro de la inteligencia y de la verdad, cuya fuente eterna es Dios mismo, ser infinito que no cabe dentro de nuestro pobre entendimiento.

Esta bella espiritualidad se ha transmitido a lo largo de los tiempos y resplandece en todas las personas verdaderamente elevadas. Éstas siempre están alegres, despreocupadas, inocentes, contemplando un bello porvenir sin remordimientos en la consciencia. Son almas serenas, que poseen una luz luminosa que brilla en sus rostros.

Para quienes carecen de la visión profunda de la naturaleza, la luz y el fuego en las personas les resultan imperceptibles. Como el pesimismo es hoy en día un mal muy extendido y cada uno tiende a aplicar el conocimiento según el colorido del propio carácter, es conveniente que dispongamos en nuestra alma de coloridos blancos, alegres y suaves. Evidentemente hay en el libro de la vida leyes muy severas para quien no quiera entender el lenguaje del amor. Pero las enseñanzas no hay que entenderlas de una manera fragmentada, sino en su totalidad. Un brillante reflejará la luz mientras se mantiene íntegro. El mismo brillante desecho y pulverizado contendrá los mismos elementos químicos, la misma cantidad de materia, pero ya no reflejará la luz del sol. Es verdad que existen verdades muy severas, como por ejemplo aquellas que maldicen a los que no tienen entrañas de misericordia. Pero, tras haber considerado estas verdades con el debido respeto, haremos mejor en escuchar las alegres promesas de recompensa que el camino de la vida depara para quienes viven espiritualmente.

También es verdad que innumerables veces debemos soportar el peso de nuestras propias caídas, de nuestros errores, pero es necesario perseverar pacientemente en nuestra tarea y encontrar la enseñanza que nos aporta nuestra equivocación. Ésta es la forma de andar hacia delante, cuando tropecemos y caigamos, levantarnos, aprender y seguir caminando.

Si alguien, ya sea por malicia o por error, hace algo inadecuado, se equivoca, tropieza y cae, debe levantarse, sin grandes gestos ni aspavientos y sin recrearse en pensar lo ignorante o malo que es. Nada refleja mejor lo que somos en realidad que nuestra tendencia a resbalar hacia la nada, toda la historia de la humanidad ha sido un resbalar constante hacia la nada más absoluta. Por eso, para poder curar el corazón enfermo de la humanidad, nos resulta tan necesaria la espiritualidad.

Lo que no está bien es vivir una “espiritualidad” limitada e ignorante, inspirada por el miedo al castigo. No tenemos que olvidar que los caminos de Dios son pacíficos y hermosos. No, la espiritualidad no es triste. Sería erróneo decir que quienes viven espiritualmente están tristes por ser espirituales. La alegría es una nota característica de las personas espirituales, por su carácter se parecen al sol, mientras que los necios tienen más fases que la luna. Pocos tienen siempre su propia alma en sus manos, pero esta cualidad es una alegría y un tesoro que todos estamos llamados a disfrutar.

La alegría rejuvenece y es salud, mientras que la tristeza y las emociones que induce el ego son gusanos roedores. Toda persona verdaderamente espiritual disfruta de buen humor y vive en un estado de alegría constante. Como si hubieran sido tocadas por la Gracia de Dios les salen resplandores de alegría hasta de la punta de los dedos, la contagian por donde quiera que pasan y dejan sus dulces huellas detrás de sí. En su presencia hay algo que las personas comunes no saben lo que es, como una influencia mágica que nos alegra el corazón, pues derraman luz por donde quiera que pasan. Nadie puede discutir a estos seres el derecho a exigir sacrificios, aunque no puedan presentar para ello otra acreditación que las que se basan en la razón y en la evidencia. Y no es entre las personas que se llaman “religiosas” o que pertenecen a cualquier grupo doctrinario donde podemos encontrar esta elevada expresión de la espiritualidad. Los individuos “religiosos”, y que nadie se escandalice, sufren con demasiada frecuencia de tosquedad y de falta de consciencia e inteligencia, aunque no les falte cierta erudición, de modo que por una persona que hace atractiva la espiritualidad hay nueve que la hacen repulsiva. La alegría del corazón es una virtud que nace de la espiritualidad, es decir de la consciencia, del amor, de la serenidad interior y del obrar adecuadamente.

No tenemos que entregarnos a la tristeza porque la alegría es la vida del alma; la tristeza ha robado la vida a muchos y no es útil para nada. En realidad, los individuos extraviados y fanáticos son amargados que se han formado de la vida interior un concepto tan salvaje como triste. El mismo demonio, como un león rugiente, se lanza contra los espíritus, los ciega, los deprime y los tiraniza. La tristeza es un signo de las alucinaciones infernales, pues nadie recibe la luz de Dios sin experimentar enseguida un placer especial.

La alegría nos ayuda a abrirnos a Dios y a la verdad y a tratar con los seres humanos sin sombras de tristeza y con verdadero amor. Dios, sabiduría y bondad infinitas, se comunica con nosotros como un amigo de rostro alegre y rebosante de afabilidad. Quien se siente habitualmente triste en las regiones más íntimas de su espíritu no ha experimentado el viento fresco de la eternidad. La paz espiritual es uno de los mayores bienes de la humanidad, es la tranquilidad del orden. Pero la paz que pueden vislumbrar quienes se encuentran poco evolucionados es una sombra en comparación con la paz interior que viven las personas espirituales.

Para permitir que surja la felicidad debemos poseer en todas las circunstancias de la vida una visión clara de la realidad y un corazón que ame obrando adecuadamente. Para ello es necesario conocernos a nosotros mismos y vivir en el presente, ahora.
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